Hay momentos que nunca se pueden planificar. Basta con un paseo, un palo lanzado al agua y la ilusión de un perro que no necesita nada más para ser feliz. No importa cuántas veces lo lance. Para él siempre es la mejor aventura del día. Sale disparado, atraviesa el agua sin pensarlo dos veces y vuelve con la satisfacción que solo tienen los perros cuando hacen lo que más les gusta. 

Cada vez que mi compañero de cuatro patas se lanza al pantano, la cámara deja de ser una herramienta y se convierte en una forma de guardar esos instantes que duran apenas unos segundos. El agua salpica, las orejas desaparecen bajo la superficie y su mirada permanece fija en un único objetivo: encontrar el palo y regresar orgulloso. 

Fotografiar a Nico es una manera de detener el tiempo. No busco poses perfectas, sino emociones. Solo intento seguirle el ritmo con la cámara. A veces acabo salpicado, otras llego tarde al momento perfecto, pero de vez en cuando todo encaja. Quizá por eso estas imágenes significan tanto para mí: porque cuentan una historia que conozco de memoria, pero que nunca deja de sorprenderme. 

Porque, al final, fotografiar a mi compañero durante nuestros paseos no es solo una afición. Es una forma de conservar recuerdos de los dos, de esos días sencillos que, con el tiempo, acaban siendo los más valiosos.